A veces me enrabieta no ser creyente para tener un dios al que echarle las culpas. En su defecto tengo que echármelas a mi o al resto de personas. Y como soy así de boba siempre me miro a mi misma a ver qué he hecho mal antes de pensar en que los demás son los que no actúan bien. No soy capaz sin embargo de ver qué cosas he hecho mal, como mucho a veces recluirme en casa en mi cueva y en mi mundo, pero no creo que eso sea hacer daño a nadie.

Soy tan tonta que siempre pienso que una persona es buena hasta que me demuestre lo contrario. Confío, les doy lo mejor que tengo, siempre con una sonrisa, siempre pensando que todo tiene una explicación, siempre haciéndome ilusiones. Y no veo qué es lo que le pasa a la gente para que siempre acaben demostrándome ese contrario.

Nos conocemos desde hace 22 años. Pero no sé quién es, después de lo de esta semana no la reconozco. Os pongo en situación:

Domingo pasado, messenger, propongo quedar este puente para el parque de atracciones y/o ir de cena. Que vale, pero no concretamos nada.

Martes por la mañana, pregunto por mensaje qué quiere hacer, que se moje, que yo estoy dispuesta a lo que quiera y cuando quiera. No me responde hasta el miércoles por la noche, en que dice que parque de atracciones no, que según vea si puede, pero que cena sí. No se moja en el día, aún así la pido que convoque gente y me lo diga al día siguiente para reservar. Hasta el jueves por la noche no me dice que salgamos al día siguiente con una vecina suya que mi ni fu ni fa.

Vale, dudo que pueda reservar, pero logro reservar el viernes por la mañana para por la noche. Hasta la tarde no nos damos cuenta de que es festivo y no hay buses para volver a casa. Está la opción de arriesgarse o dejarlo para el día siguiente. No se aclaran con qué hacer, nunca decide nada (si sale mal así no es culpa suya), por lo que yo les digo que mejor para el día siguiente porque es tontería ir y que nos quedemos tiradas toda la noche hasta el primer bus, el de las 6:45 pudiendo dejarlo para el sábado.

Sábado, reservo y se lo digo. Me responde que no puede que ya ha quedado. Y la respondo que por qué no me lo dijo al día anterior y si no puede aplazarlo para otro día. No sé si el poner una exclamación en que por qué no me lo dijo antes fue lo que la molestó. El caso es que no me responde. Ya por la tarde la llamo al teléfono a ver qué hacemos al final, si no puede dejar eso para después de la cena o para antes, o si no puede ser pues no importa, pero que me lo confirme. No me lo coge, como de costumbre. A la media hora llamo a casa, y me lo coge el hermano. Me cuenta que se ha ido ya hace un buen rato con la famosa vecina, que cree que tardará en volver, y que cree que sí se ha llevado el móvil. Le pido que la diga cuando la vea que la he llamado. A los 10 minutos desesperada por si me visto o no, vuelvo a llamarla al móvil. No me lo coge.

Así que llamé al restaurante y anulé la reserva. Podría haber llamado a la vecina, pero puedo parecer una paranoica, y ya estaba encabronada y sin ganas de ir.

Aún espero a que me llame.

O como el día de su cumpleaños. La llamo por la tarde a casa, un viernes. Me lo coge su madre, dice que está dormida, y la digo que la llamaba para felicitarla. La llamo por la noche porque ya estaría despierta y me dice su madre que se ha ido a Salamanca. Digo yo que podría haberme devuelto la llamada.

Y así muchas más. No tengo miedo a contarlo aquí porque recuerdo el día que la hablé de este blog, y a los días la pregunté si había entrado. “Sí, pero era muy largo y no me lo leí”. No se refería a todo el blog no, solo a una entrada.

Quitándola a ella ya no me quedan más que conocidos, por mucho que yo me empeñe en convencerme de que son amigos. Creo que siempre he hecho todo lo posible por los demás, preocuparme, estar ahí, siempre con una sonrisa, siempre viendo y haciendo ver a los demás las cosas positivas. Siempre ilusionándome. Y siempre me la acaban clavando.

Y cuando encima la persona que más has querido en el mundo te dice que es que “mendigas compañía” y “no tienes dignidad”, me dan muchas ganas de tirar la toalla y no salir de esta habitación más que para ir a trabajar.