Empiezo a cansarme de esto. Es igual que lo que dice Hugo, al principio te escandalizas un poco y sonríes, te hace gracia su desfachatez y lo burros que son, pero acaban pasándose de la raya si no les paras los pies. Y yo no estoy hecha para pararles los pies.

El otro día el de al lado se pasó tres pueblos. No, más. Hablaban de guarrindongadas para variar, porque parece que es lo único de lo que se puede hablar al ser lo único que todo ser humano conoce. Y me dijo:

- ¿A ti te gustan las pollas?

En ese momento me quedé con la boca abierta. Sentí que se me paraba el mundo por unos segundos, como en Matrix, porque no me creía lo que acababa de escuchar.

- ¿Perdona?

- Sí, que si a ti te gustan las pollas.

- No me puedo creer que me estés preguntando eso.

- Anda, ¿y por qué no?

No supe explicarle por qué esas cosas no se preguntan. Me entraron unas ganas de levantarme y pegarle un guantazo enormes, pero siempre me reprimo. No quiero una denuncia por agresión laboral.

Esta vez ya sí que me ha jodido de sobremanera. Me he sentido humillada, y no sé por qué si son ellos los descerebrados, los que deberían de darse vergüenza así mismos. Pero es que es siempre igual, yo soy “la niña” a la que hacer preguntas comprometidas para que se ponga roja y reírse un rato.

Si a esto le sumamos el jefe, con el que me parece siempre que hablamos idiomas distintos porque yo le digo una cosa y el me responde algo completamente diferente, y que un compañero de clase me estuvo tentando toda una tarde para que me vaya a su empresa a aprender Java, que el ambiente es genial, que está en el centro de Madrid, mucho más cerca de donde ahora, que es gente joven, que no tendría que madrugar tanto… Empiezo a plantearme el irme. Todavía le tengo que dar muchas vueltas, para mi no es tan fácil como pueda verlo alguien de fuera, tiene mucha historia… pero qué coño, tengo 21 años, soy muy joven y creo que tengo derecho a probar mil cosas y a equivocarme 2000 antes de buscar… estabilidad.