Me llaman al teléfono, es él. “Ey. ¿tú me llamaste el otro día que estaba dormido? ¡Me acabo de acordar!“. Semana y media hace de eso… ¿Que si ya me pagan bien en el trabajo? Hace mucho que sí… Un minuto y treinta y cuatro segundos de conversación para acordar que nos veremos el fin de semana que viene. Pero no sé cuántos me he quedado con la mirada perdida, pensando en nuestra historia, en por qué le sigo queriendo ver y por qué quiere él verme a mi. Por primera vez en la vida siento que estoy utilizando a alguien. Sí, porque quiero verle debido a que cuando vuelvo a mi casa, siempre vuelvo con una sensación que solo sé describir así: eufórica de felicidad. Es una persona tan asombrosa, tan digna de estudiar y admirar como a un objeto de un museo, que si contase lo que sé de él bastaría para que os enamoraseis. Y si superais lo malo, lo odaríais más que al diablo. Le utilizo, por más motivos. Porque aunque no me guste admitirlo, le deseo con tantas fuerzas que me da igual cómo sea con tal de acabar durmiendo entre sus sábanas, y despertar, y ver ese póster de Casablanca.

Pero no siento remordimientos cuando pienso en que él también me utiliza. Me engaña, me estudia como a una rata de laboratorio haciendo preguntas que nunca me había planteado. Me encandila, me envenena, para cumplir con su objetivo, sin saber que coincide con el mío. Le amo y le odio a partes iguales.

Yo ya había acabado con esta historia. Pero ahora vuelve a resucitar como el ave Fénix. Solo espero no quemarme con sus alas de fuego.