Y aunque prefieras a los chicos malos
y a los chicos desenfrenados,
hoy voy a salir, voy a empezar a ser
el que invada tus recuerdos cada amanecer.
Ya no vives en mis sueños, hoy me río y me divierto
y es que hoy
bailo entre los chicos malos y los dejo hipnotizados.

He aquí mi teoría de por qué las chicas veinteañeras somos tan sumamente gilipollas para acabar enamoradas de tíos que no valen nada, ni una milésima parte de otros muchos.

Creo, que es el instinto maternal. Me explico. Cuando somos adolescentes, nuestro sueño es un príncipe, no hace falta que sea guapísimo, que queremos que nos cuide, nos mime, se desviva por nosotras, que nos regale rosas el 14 de febrero, que nos haga el amor dulcemente. Pero luego nos cambia el chip. Ese príncipe es tan perfecto, que nos aburre.

¿Y en qué nos fijamos entonces? En un chico malo, en los que se acuestan cada fin de semana con una, con la esperanza de que podamos cambiarle, hacerle fiel por una vez, cambiar sus malas manías, intentar convencerles de que dejen de fumar, de beber, de trasnochar, echarles la bronca si es la 1 del mediodía y le llamas y aún estaba durmiendo. Queremos hacer de madrazas con él, queremos acostarnos a su lado y acariciarle dormido en vez de esperarla de él. Sabemos que no nos merece, pero nos da igual.

Lo que no sé, es cuál es el paso para que te vuelva a cambiar el chip. ¿Que el chico malo te destroce el corazón? ¿Y luego volverás a querer un Felipe de Borbón o qué?

No sé si quiero tener de nuevo 17 años, tener 30 y saltarme todo esto, o haber nacido hombre.