Paso las mañanas delante de un portátil, y cuando llego a casa por la tarde o por la noche, lo que menos ganas tengo de hacer es de sentarme en el de mi habitación. Lo miro de reojo y me provoca rechazo, no quiero imaginármelo encendido. “Uf, con lo lento que es”, cuando realmente no es así, el Pentium III del trabajo sí que es lento. Sólo de imaginarme Gmail abierto me da repelús, y el messenger más. Me da rabia porque casi cada mañana se me ocurren cosas que postear, pero se me quedan en la cabeza y no las doy salida.

Ayer compré una fuente de alimentación, y hoy la he cambiado. Con la tontería de encenderlo y probarlo, al final he conseguido estar varias horas aquí sentada. Parece que se me va pasando ese miedo irracional, no lo sé segura.

Me bajo a tocar el piano, lo echo de menos.