Siete y media de la mañana, llego pronto a Moncloa. Venía medio dormida en el autobús así que decido irme al final del todo a sentarme y dormitar un poco más porque me sobra tiempo. Al minuto noto que alguien pasa y se sienta en el banco. Vuelvo a cerrar los ojos y a los segundos oigo unas palabras.

- Perdona, ¿por aquí se va a Argüelles? - me dice la señora que se había sentado.

- No, es enfrente. - respondo.

Vuelvo por un segundo a lo mío cuando me pregunto si lo que acababa de ver brillante en su cara era sudor o lágrimas. La miro, son lágrimas y mocos.

- ¿Está usted bien?

- Ay señor, qué voy a hacer… Me encuentro muy mal, tengo que ir a la avenida de la Paz.

- No sé cómo se va…

No sabía qué más decirle. Pensé en si no sería mejor llamar a una ambulancia que ir ella sola, en metro, y hora punta. Miro alrededor por si alguien lo ha escuchado y decide acercarse a preguntar. Nada.

- ¿No tendrás un teléfono…?

- Sí.

- ¿Y tiene carga?

- Sí sí. - empiezo a sacarlo.

- Tengo que llamar a mi jefa, le cuido los niños, tengo que avisarla, ay ay ay…

Me acojono, se la ve echa polvo, hundida, desesperada. Vamos, puto móvil, enciéndete. Lo logro. No hay cobertura. Se lo digo y la digo que si probamos a subir arriba a ver si junto a los tornos hay. No sé si ayudarla a subir las escaleras o qué hacer. Se sienta en uno de los bancos, y yo me cago en Vodafone porque por muchas vueltas que doy no hay cobertura, y la mujer sigue llorando. Por un momento hay una, y se lo digo. Me dicta un número apuntado guarramente en un pequeño cuaderno, le doy a llamar y se lo tiendo. Nada. Me lo devuelve, y veo que ya no hay rayita ni nada.

- Qué voy a hacer, qué voy a hacer…

- Tranquila, mire, lo que puede hacer es preguntar a alguno de los guardias si hay alguna cabina por aquí y llamar. O pregunte a alguna persona si tiene móvil Movistar a ver si sí hay aquí cobertura.

Pensé en salir y llamar en la calle, pero no sabía si la mujer tendría abono, si no le daría un patatús andando, si preguntar a alguien… A nadie alrededor le da por preguntar qué le pasa, ¿están ciegos o sordos? ¿Nadie va a ayudarnos? ¿O es porque es ecuatoriana? Porque es ecuatoriana, lo sé, no peruana ni colombiana ni dominicana, ecuatoriana, llora y habla igual que ella. ¿Qué coño hago?. El móvil sigue sin cobertura.

- Señora yo no sé qué hacer, pregunte por una cabina o por otro teléfono, seguro que los seguratas saben qué hacer, y tranquila que no pasa nada… Yo me tengo que ir porque también tengo que ir a trabajar…

- Ay sí sí cariño, vete. ¿Por dónde se iba a Argüelles?

¿No va a hacerme caso?

- Por allí, y si no por la amarilla, es solo una parada.

Se levanta.

- Espero que se mejore.

- Gracias hija mía, dios te bendiga.

Ha sido la primera vez en la vida que alguien me dice eso. Se va hacia el andén, lo cual me preocupa, no va a avisar, ni sé si llegará bien. Si en vez de a trabajar fuese a clase, no me lo hubiera pensado y la habría acompañado hasta donde hiciese falta el tiempo que hiciese falta. Era una desconocida de la que no supe ni su nombre, pero el verla tan desesperada, sola, podía conmigo. Lo que la ocurría no me parecía tan grave como para tener el sofocón que tenía, así que debía de habérsele juntado todo aquel día. Necesitaba ayuda, necesitaba a alguien que la guiase, la dijese que todo saldría bien, que la acompañase, que la cuidara. Y yo no podía hacer nada.

Cuando llegué al trabajo, decidí llamar al número que me había dado, contarle la historia y ayudarla aunque fuese de esa forma. Desgraciadamente, me había dado el número mal o yo lo entendí mal, y le jodí el sueño a una mujer.

Analizo esta situación y otras muchas que he tenido en la vida, y me doy cuenta de que sí tengo complejo de ONG. Los problemas de los demás los hago míos, me afectan, de que con tal de que estén bien, a veces actúo incluso contra mi propia voluntad real. Soy muy dada a poner en segundo lugar mis deseos y necesidades a cambio de que otra persona sea más feliz. ¿Que tengo que atentar contra mi forma de ser y de actuar? Lo hago, seguro que esto es lo mejor.

Hasta el día en que me harto, y estallo.

Y no veo que sea capaz de cambiar algo tan innato en mi, aunque esté poniendo todos mis esfuerzos.

En momentos de soledad y desesperación, recurrimos incluso a desconocidos con tal de que nos empujen hacia delante.